Grandes machadas del cine de acción: La isla.

Gran machada: “¡Jesús, os ama!. En mi vida he visto cosa igual”.

Toda película que se precie de Michael Bay maneja dos líneas argumentales en una dirección mismamente: los protagonistas van paseando buscando indicios o pruebas que avanzan en el desarrollo de la historia y los malos van asentando los elementos suficientes sobre el terreno para detenerlos. Es decir, mientras la trama principal transcurre de puntillas en un plano muy secundario, inherente a la insignificancia; el director prepara la logística de artificios, la chatarrería de la destrucción y los múltiples ángulos para que el espectador conscientemente vaya preparando el cuerpo a la espera de la escena made in Michael Bay por antonomasia.

Lincoln Six Echo (Ewan McGregor) y Jordan Two Delta (Scarlett Johansson), nombrecitos de códigos militares del gusto del director, buscan a los originales que en un futuro mejoraran, para saber no sé qué,  porque ellos son clones de Tom Lincoln y Sarah Jordan.

La clave es la clonación. Ellos dos son los protagonistas, como copias/clones, y ese único elemento es suficiente para que Michael Bay pueda tirar adelante en su mundo de balas y bombas.

Los agentes de la Isla llegan a la ciudad para capturarlos; no obstante, la policía llega antes que ellos y detienen a los clones, interponiéndose en los planes del Dr. Bernard Mellick (Sean Bean). El objetivo es hacerse con ellos. Para ello, deben liberarlos de las garras policiales, por lo que estampan un furgón contra el vehículo donde están metidos. Prosigue un tiroteo con bombas de humo. Lincoln y Jordan aprovechan el desconcierto para salir por patas. Los hombres del malo, capitaneados por Albert Laurent (Djimon Hounsou) les persiguen en coche. Brota la providencia en forma de camión, cargado con unas pesas titánicas.

Salen de la ciudad por la autopista. Los malos disparan y los buenos arrojan a la carretera las pesas, creando la hecatombe: machacando el asfalto, coches reventados, explosiones y haciendo aparecer una especie de motos gravitatorias parecidas a la Guerra de las Galaxias.

Ewan McGregor consigue hacerse con una tras derribar al motorista. Se montan sin tener ni idea de cómo pilotarlas. Todo es posible.

¡Aquí viene el gran giro argumental!. Vuelven a la ciudad. No habían tenido bastante con provocar un atasco del carajo, que van a liar el taco en plena ciudad. Esquivan trenes que van por el cielo y helicópteros hasta estamparse contra la cristalera de un rascacielos. Arrasando con la oficina. Atropellando a los trabajadores. Salen por el otro extremo. Al limpiador de cristales también se lo llevan por delante; pero ellos caen sobre la letra de la empresa. Una mísera R. ¡Menudo churro!.

Les pegan tiros desde arriba, de frente o qué importa, porque su único punto de apoyo, la R se está desprendiendo de la fachada acristalada. Al final, cae por su propio peso. Con toda la parafernalia (cristales, piedras, chispas, hierro, fuego…) los protagonistas se salvan por la red de seguridad, que pondría la prevención de riesgos laborales. Una letra, una red… McGyver no lo hubiera hecho mejor.

¿Cómo justificar la cadena devastadora?. Fácil. Pones a un simpático afroamericano chillando: “Jesús os ama… ¡Arriba!. Os aseguro que Jesús os ama”. El Vaticano no opinará igual. Ya tienes hecho el guión: Dios, clones por medio y ciencia.

Acerca de JrdGarz

De todo un poco.
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