Grandes machadas del cine de acción. Kill Bill: Volumen 1.

Gran machada: “Ya pasó lo peor. Ahora sólo hay que despertar a los pequeños”.

Susurrando, acaramelada, como si fuera a mecer a un bebé, a un cachorrillo o a sus dedos pequeños de los pies. Repite mucho lo de “mueve el dedo gordo”. Concentración zen.

Trece horas después, las entropías dentro de la Coñoneta con la historia de O’Ren, que posteriormente da a conocer al hombre de Okinawa, la espada de Hattori Hanzo y la requetevista escena del local japonés.

Que haya pasado lo peor, que no es poco, tras cuatro años postrada en la cama de un hospital, que ha servido como cama camilla para servicio completo y de violaciones por el enfermero proxeneta Buck y sus clientes de 75 dólares, la inyección de Elle Driver, escuchar en coma las palabras de Bill y descubrir que has perdido a tu bebeeeeé al despertar.

A todo esto sin olvidar, siempre en la memoria, cómo llegó al hospital. Le sumas la paliza que recibe en la capilla de El Paso por el Escuadrón Asesino Víbora Letal constituido por O’Ren Ishii ‘Mocasín’ (Lucy Liu), Vernita Green (Vivica A. Fox), la rubia del parche (Daryl Hannah), Budd (Michael Madsen), el disparo en la cabeza de Bill, y además, que te estropeen uno de los días más importantes de tu vida, como es el día de tu boda. Hay motivos para desperezarte con ganas de sangre, estirar y comer lenguas.

Todo aquello que entra, tiene que salir. Lo mismo que cuando quieres sacar un sofá de una habitación, no sabes que hacer para pasar la puerta por mucho que maniobres, gires y te lo pongas de montera, y el que te ayuda dice: como ha entrado, tendrá que salir. Beatrix Kiddo pega el bote de la cama al suelo, inmovilizada de las piernas con hormiguitas como los puños de Mazinger Z, sale de la habitación arrastrándose y dejando un buen recuerdo a la puerta de la estancia con el cráneo de su chulo hospitalario, con ristra de cadáveres a su paso incluida. Venganza.

Llega al ascensor en silla de ruedas. Baja al parking y busca la CoñoNeta (“Pussy Wagon”). Abre la puerta y se autolanza al asiento trasero. Embutida en el coche. Atrofiada. Sudando la gota gorda para poder recostarse en la otra puerta del extremo. ¿Ella cierra la puerta que había abierto para entrar?. Por mí vale. Reanudamos lo anterior.

Quentin Tarantino hace un Sergio Leone entre el rostro de Uma Thurman y su dedo gordo (cara Uma, dedo gordo, cara Uma, uña dedo gordo, cara Uma y reza, roña dedo gordo). Prueba superada. Emoticon de satisfacción. “Ahora sólo hay que despertar a los pequeños”. Si no fuera una asesina, montaría una guardería.

Continúa la película.

Acerca de JrdGarz

De todo un poco.
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