Grandes machadas del cine de acción: Acero puro.

Gran machada: “Quiero que luches por mí. Eso es lo que siempre he querido”.

La emotividad no está reñida con las grandes machadas, la sensibilidad tiene cabida en la acción y lo pasteloso edulcorado se sobrelleva entre golpes.

Dentro de los convencionalismos, de los marcados cánones cinéfilos, la relación entre padre (Hugh Jackman) e hijo (Dakota Goyo) viene cantada desde el principio insertado en la estructura narrativa. Lo típico, típico, que hemos visto millones de veces y que nos gusta tragar siempre que toca y nos lo ponen a huevo. Aunque sepas que la esperada escena va a estar ahí, hay gente que hace cola y suelta la lagrimita de cocodrilo para verla. Un núcleo familiar que no ha mantenido contacto, figura paterna arruinada y sin rumbo en la vida, conoce al hijo del que se desprendió, el roce obligado e interesado hace que germine un vínculo tras unos pocos meses juntos, cuando todo va como la seda, alguien lo trunca, surgen las viejas rencillas y se echan la basura a la cara. Rencor, rencor y más rencor. ¡Más mala gente!. Alrededor revolotean los puños, la chatarra y los robots de peleas.

“Le dirás a tu mujer que sólo le daré la custodia a ella si puedo quedarme con el niño el verano. ¿Vale?”; ya va preparando el cuerpo, el espectador hacia la previsibilidad.  “Dile lo culpable que me siento por no haber sido un buen padre y que quiero reconciliarme con mi hijo. Conexión padre e hijo y todo ese rollo”, Charlie Kenton (Hugh Jackman) vende a su hijo, el renacuajo Kenton, por un buena pasta al novio de la tía.

Van hilando la bola para la ternura. La afinidad de los dos desconocidos, que arrastran la consanguineidad, implica el choque de tensión que perdura milenariamente. Padres e hijos. Hijos y padres. Nunca viven tranquilos. Cuesta llevarse bien. Las madres en medio como el jueves. Consistiendo, mimando y malcriando a los pequeños de la casa.

Viene sola. Por inercia, “quiero que luches por mí. Eso es lo que siempre he querido”. Mirada de la muerte. El niño se marcha de la casa ambulante, el camión taller de robots, y el padre intentando no quedar mal. Tú a moco tendido. Te llevan por el camino de la amargura. Snif, snif. Sueltas la congoja, en el nudo de la garganta en lloros. Bua, bua. Han rascado en la mitad sensible de la otra parte que busca capones y autodestrucción robótica.

Relax, habrá final feliz. Lo sabes.

Acerca de JrdGarz

De todo un poco.
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